¿Cómo saldría Lasso de una cirugía política? – 4pelagatos

No se sabe aún cuál será el volumen de la crisis ministerial que ya empezó. Esa reestruración es urgente, aunque no se antoja suficiente para dar todo el aliento político al gobierno que la situación impone. Hay falencias visibles que están sobre el tapete y que compete solucionar al presidente Lasso. Todas, con mayor o menor acuciosidad, han sido señaladas por la opinión.

1. Sin perfil político no hay norte: se pensó, al inicio de la administración, que Guillermo Lasso debía ser el presidente de la transición. Lenín Moreno, al liberarse de Correa, desprendió al país del Socialismo del Siglo XXI. Un hecho sin precedentes que fue el más importante de su cuatrienio y que debía ser completado política y económicamente. Ese tarea fue clara durante la campaña del candidato de CREO. No se trataba de ser tontamente anticorreísta: se trataba de anclar el modelo liberal que implicaba, además, rupturas con el statu quo inmovilista y corrupto tradicional en el país. Definir el tipo de gobierno que el presidente quiere -ahora de cara al segundo año- es marcar un norte.

2. Gobierno sin jefe de orquesta: que Iván Correa, secretario General de la Administración, no sea un personaje público no es una curiosidad: es un problema. El gobierno pierde el vocero que es, tradicionalmente, el jefe y coordinador del equipo ministerial. De hecho, no hay quién ponga la cara por falencias evidentes (sobre todo en el sector social) y es el presidente Lasso quien termina asumiendo esos costos ante la opinión. Como si él fuera el fusible de sus ministros y no al revés. ¿Y hay coordinación? No se sabe de metas fijadas en el gabinete, de tiempos para ejecutarlas, de resultados auditados y de ministros o funcionarios botados por por no cumplirlas.

3. No hay gestión de tiempos políticos: el gobierno no marca en los imaginarios agendas ni etapas de su gestión. La primera fue la vacunación: fue exitosa y reconocida por la opinión, incluso internacional, y la sociedad política. ¿Después? El gobierno puso sobre la mesa la agenda económica y la reactivación. Una etapa ambiciosa, plena de iniciativas cuyos resultados lucen inciertos o tardarán. Mientras tanto, no ha habido gestión de tiempos políticos. Y ese vacío no solo se siente: pasa factura al gobierno porque, sin proyectos de gestión exitosa inmediata, queda atrapado en problemas cuya solución es compleja o, por ser estructurales, requiere tiempo.

4. El presidente está solo: la presidencia no es el escenario de una novela de caballería. No se puede esperar que el presidente encare solo, como don Quijote, los molinos del país. Pero eso es lo que está ocurriendo. El presidente luce solo, desprovisto de suficientes cuadros con quienes, internamente, gestionar los problemas y delinear soluciones. Y que, ante la opinión, expliquen orientaciones y respondan inquietudes. Sobreexponer la palabra presidencial, en temas de intendencia, es malgastarla.

5. Más promesas que soluciones: diagnosticar y proponer es un pésimo ejercicio cuando se está en el poder. Los ciudadanos esperan acciones y soluciones. El gobierno no está plenamente instalado en ese esquema. Aún hay discursos que llegan a un hueco negro (vamos a crear empleo, pero para ello se necesita inversión y para atraerla se requiere seguridad jurídica y eso pasa por una Ley laboral que la Asamblea no votará…) y funcionarios que ante las cámaras, se vuelven sociólogos de su ineficiencia o de su imprevisión. Ocurre con gerentes de hospitales que explican que se acabaron ciertos medicamentos o que un tomógrafo dejó de funcionar…. Como si su tarea no fuera precisamente evitar lo que están comunicando. No hay consecuencias entre hacer bien las cosas o hacerlas mal. O entre actuar y seguir haciendo promesas. Y la gente, ante sus problemas básicos, no quiere explicaciones: quiere soluciones.

6. La coherencia no importa: cada equipo gubernamental negocia sus reglas de debate y acuerdo. Pero se supone que en un gobierno, además de un solo color, se comparte una visión, unas tareas, unas formas de operar y comunicar. La disonancia entre los mensajes de Francisco Jiménez, ministro de Gobierno, y aquellos del presidente Lasso, no solo quiebran la coherencia que debe haber en las políticas y sus objetivos: atentan contra la credibilidad presidencial. Ya no importa si hubo acuerdo o no entre Lasso y Correa: mucha gente lo da por hecho. Este gobierno olvida que ser y parecer es lo mismo desde Julio César…

7. Mover o no a la sociedad: el presidente está confrontado a un dilema usual en política: limitarse a administrar la sociedad como es o tratar de moverla en alguna dirección. En el primer caso, tiene que no crear olas; en el segundo tiene que hacerse cargo de interrogantes que tienen que ver con usos culturales y modos de ser de los ciudadanos que se estudian en sociología y sicología social. Todo ello sirve para retar el statu quo político que parece sembrado en el ADN de la sociedad política.
El hecho es que no hay cómo cambiar haciendo lo mismo, con los mismos, de la misma manera. En la campaña, Lasso se retó a hacer cosas diferentes que lo conectaron con nuevos electores. Y ganó. Para retomar esa vía, requeriría en su equipo más personas que osen pensar de otra manera. Que osen arriesgar. Todo depende de él.

Foto: Presidencia de la República. 

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