¿Los muertos del narcotráfico tuvieron vida? – 4pelagatos

No hay cómo extrañarse: muy pocas personas en el país saben, a ciencia cierta, qué hacer frente al narcotráfico. Entre ellas, los periodistas. ¿Qué están haciendo? Contando muertos, reiterando el guion (cambia el lugar y el número de muertos) y editorializando.

Sin quererlo, los medios de comunicación y las redes sociales están siguiendo, no la estrategia, pero sí la lógica del narcotráfico. Por tres motivos.
Uno: cada día amplifican el pánico que causa ese tipo de violencia en el país. Es claro que los asesinatos están destinados a crear la sensación de inseguridad y miedo: ese es el caldo de cultivo de las organizaciones criminales. Una señal inequívoca: en casos, familiares y testigos ni ponen la denuncia ni colaboran con las autoridades.

Dos: están tratando esos casos como problemas de crónica roja que crecen de forma exponencial. Las audiencias sólo pueden colegir que son rehenes de un problema que no entienden y que nadie explica. Así, sin los contextos, el narcotráfico solo puede ser visto como una plaga que de pronto aterrizó en el país.

Tres: los muertos no son personas que tienen una historia. Son números. El país sabe que en la zona 8 (Guayaquil-Samborondón-Durán), los asesinados llegaron a 500; 300 más con respecto al mismo período del año pasado. Este año, las muertes violentas ya suman 1.468 y superarán seguramente los 2.471 crímenes que hubo en 2021. Esto significa que hay comunidades en el país que conocen cuál es su cuota de muertos. En casos saben que es ajuste de cuentas o disputa de territorio. Pero las estadísticas son números fríos que ocultan dramas que no se están contando.

A esta hora, ya hay cómo sacar algunas conclusiones: el narcotráfico no va a parar, su progresión violenta se agudiza, el sicariato es una de las prácticas que lo caracteriza y víctimas y victimarios son sobre todo jóvenes. En este punto, la tendencia es parecida a la que conoció Colombia en el momento más álgido de la violencia del narcotráfico: entre 20% y 30% de las víctimas fueron menores de 25 años y hasta un 50% menores de 30 años. Y en la mayoría de esos casos, esos jóvenes tuvieron muy poca escolaridad: un 80% solo tuvo educación primaria.

Aquí la similitud tiene cifras que hablan por sí solas: 5,2 millones de personas viven en la pobreza y la pobreza extrema. Ese factor vuelve vulnerable a sectores confrontados con promesas de dinero fácil. Jóvenes y hasta menores de edad, según informes policiales, son así reclutados como miembros de grupos ilegales o como sicarios.

¿Quiénes son esos jóvenes? ¿Cómo viven en esas barriadas? ¿Cómo son reclutados? ¿Cómo los entrenan? ¿Cuánto les pagan? ¿Qué imaginarios manejan? ¿Cómo administran esa tragedia que se encierra en un dilema infausto para su edad: matar o morir? Además de saber que, de todas formas, seguramente morirán muy jóvenes. ¿Cómo viven esas familias que saben que sus hijos hacen parte de ese tipo de organizaciones? Ir tras estos perfiles es clave para retratar franjas de la sociedad cuyo presente es, en los hechos, el no-futuro.

Y, paralelamente, están los muertos que cada día producen los sicarios. Personas que pasan a ser parte de la estadística sin que, fuera de su edad y de las circunstancias en que fueron asesinadas, no se sepa quiénes fueron. Y es capital para la sociedad conocerlo. Porque una cosa es ser una víctima colateral y otra ser parte de un arreglo de cuentas.

Se dirá que nada cambia, pues se trata de asesinatos. No es cierto. La sociedad debe saber que muchos de esos jóvenes, funcionarios, ex (militares, policías, jueces, abogados, agentes aduaneros…), personas o sujetos, como dicen los informes oficiales, pagan con su vida compromisos adquiridos que no solventaron. O fueron blancos de arreglos de cuentas que temían o en los que participaban. Puede haber víctimas involucradas en ese negocio que no conocían que pueden perder la vida al apostar a ganar mucho dinero en forma rápida e ilegal. Parte de la lucha contra el narcotráfico es contribuir a que esa realidad sea conocida por esos jóvenes que los carteles podrían usar como carne de cañón.

En definitiva, el periodismo ha mostrado en otros países, víctimas de ese flagelo, que puede ser útil, más allá de contabilizar muertos y editorializar: puede hacer que los muertos del narcotráfico tengan vida, una historia. Y con historias, los dramas de esta tragedia se ven y se aprecian. Con meras estadísticas no.

Foto: diario El Universo. 

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