¡No bajemos los brazos!  – Periodismo de Investigación

Tenemos evidencia que parecería sugerir que, dependiendo de la estructura que a uno lo proteja en Ecuador (sea una organización criminal de mediano alcance o una organización política que, en la práctica actúa como organización criminal), las consecuencias de quebrantar la ley no llegarán, o si llegan, es posible sacudirse de ellas sin mayores complicaciones.

Redundar en cifras y entrar en detalles de cada caso no tiene mayor sentido; la pregunta que debemos hacernos es ¿qué posición vamos a tomar frente a todo esto?

Es tiempo de dejar atrás la indiferencia, ya es hora de recordar que en medio de este gran problema de seguridad que experimenta Ecuador están vidas humanas en juego; nuestras vidas, las de nuestros hijos y nietos.

En el fondo está en vilo la posibilidad de reproducir la vida en el territorio ecuatoriano, trabajar, y disfrutar el día a día en nuestro país. 

Es tiempo de no ser indiferente con la corrupción, que es la expresión del crimen organizado transnacional; tan “rentable” que le cuesta al mundo al menos el 5% del PIB mundial, es decir unos 2.6 billones de dólares al año.

El único “negocio” ilícito que se le acerca en cifras es el tráfico de drogas, que no llega a la tercera parte del valor antes mencionado.

El problema de la corrupción y la población ecuatoriana es que está naturalizada. Entre otros motivos porque pocas veces esta actividad deja víctimas mortales identificables, y porque creemos que esta forma de “vida” siempre ha sido así, y que las cosas nunca van a cambiar.

Tenemos que hacer un esfuerzo para relacionar directamente la corrupción con la disminución de inversiones, con el florecimiento de otras formas de delincuencia organizada, con el deterioro en el cumplimiento de derechos, en la disminución de la calidad de vida de las poblaciones, la pobreza y la pobreza extrema.

Aunque desde hace años los efectos de la corrupción están presentes en nuestra realidad diaria seguimos sin establecer la relación.

El fortalecimiento de las bandas criminales en la población de niños, adolescentes y jóvenes pudo prevenirse, al igual que el crecimiento del microtráfico en el país, que hace que hoy la edad de inicio del consumo de drogas esté por debajo de los ocho años.

Pudo evitarse si tan solo se hubiera implementado de forma exitosa la mitad de la política pública diseñada en las áreas de bienestar social y educación. Si tan solo no se hubiese asesinado al sector productivo nacional, poniéndole trabas que le imposibilitaron crecer.

Si tan solo no se hubiese desmembrado a las organizaciones de la sociedad civil, impidiendoles trabajar en los sectores más necesitados del país. Si tan solo no se hubiese destrozado el tejido social que sí existía, y nos permitiría encontrarnos en los ojos de los otros en situación de vulnerabilidad y compartir con ellos.

La ilusión de un estado fuerte y omnipotente que sirvió de guarida para criminales de alta monta nos legó consecuencias que solo podrán ser resueltas en el mediano y largo plazo.  

Latinoamérica es la región más desigual del planeta; sumado a ello la pandemia por la COVID y el conflicto bélico han derribado las previsiones de crecimiento de la economía.

Con los problemas estructurales que arrastramos esto solo puede significar malas noticias, porque cuando el PIB baja suben las cifras de muertes violentas, así como las filas de adolescentes y jóvenes que se involucran con estructuras de delincuencia organizada, y además disminuyen los niveles de confianza en las instituciones.

Como es obvio disminuyen los recursos disponibles para sostener las prestaciones que son responsabilidad del Estado y que sirven para construir equidad dentro de una sociedad, sin la cual en lo concreto no puede existir una sociedad distinta a un caldo de cultivo de violencias, donde ni siquiera las vidas humanas se encuentran aseguradas, peor aún los medios para la continuidad de la misma por siguientes generaciones. 

Aunque sería hermoso soñar con soluciones salidas de una historia fantástica, donde llegan la “elegida”, o el “elegido”, y por arte de magia todo mejora, eso nunca sucede.

Las soluciones a problemas estructurales como el que tenemos se construyen por años y a través de largas intervenciones. Son caminos que deben ser planteados en conjunto con la participación de la sociedad en su conjunto, y jamás darán resultado si el único actor real continúa siendo el débil Estado y sus instituciones deterioradas. 

Hoy es el momento, éste es el momento en el que debemos decidir participar más; en el que debemos rendir cuentas a nuestras autoridades, desde los ámbitos más pequeños.

El instante para decidir renunciar a la indiferencia cómoda en la que nos encontramos y construir soluciones. Sabemos de memoria que si dejamos las cosas únicamente en manos de tomadores de decisión de turno, el resultado no será el mejor.

No bajemos los brazos, no perdamos la esperanza y hagamos nuestra parte, desde comités barriales, asociaciones, nuestros lugares de trabajo, nuestras empresas, los grupos de oración, los colectivos.

Desde todas las instancias tenemos algo que aportar y que decir, algo que permitirá a construir la realidad que urgentemente necesitamos, y no una realidad donde incluso nuestra vida esté en constante peligro. 

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