Rescatar a Quito de los escombros

Quito vive una época histórica. La crisis es a todo nivel. Pero hay una explicación que está relacionada con el pasado. Lea este análisis.

Fotos: Gianna Benalcázar – CCQ

Va a ser difícil que Quito se recupere rápidamente, luego del vendaval de haber tenido dos alcaldes malísimos y uno que solo lo fue en el letrero, sin haber llegado a ser el líder que necesitaba la ciudad. Habituada a tener buenos mandatarios municipales en el pasado, por varias décadas, Quito se encuentra en ruinas, bajo la basura, con calles mal pavimentadas, inmuebles abandonados, obra pública desatendida, edificios públicos vacíos y grafitis por todo lado. Es como si, después de Barrera, Rodas y Yunda, llegó el apocalipsis. La ciudad no aguanta más. 

Sin embargo, la gestión de Jorge Yunda ha sido la más cuestionada, porque nunca, en la historia reciente de la ciudad, se constata el abandono y descuido en los que cayó en estos tiempos. El eslogan “Quito, grande otra vez” no se cumple, tampoco pasó con el lema de Augusto Barrera “el Quito que queremos es el Quito que hacemos”. Y de Rodas, mejor ni hablar, por los graves desatinos que cometió.

¿Qué quiere Quito? Hay detalles que no se pueden cambiar desde tiempos de la alcaldía de Paco Moncayo y se agregan las normas del Código Orgánico de Organización Territorial, Autonomía y Descentralización (COOTAD), que reemplazó a la Ley de Régimen Municipal (a partir de Montecristi en 2008), donde se hizo modificaciones que incrementaron el poder del alcalde y los concejales. 

El alcalde es, actualmente, quien toma todas las decisiones de manera concentrada y, para garantizarse la gobernabilidad, entrega cuotas de poder a los concejales que, antes de la vigencia del COOTAD, solo asistían a sesiones y ganaban dietas. Ahora son funcionarios de tiempo completo con buenos salarios y a cada concejal se le entrega un área (feudo) para mandar (mercados, parques, transporte, cultura, deportes, agua potable y alcantarillado). En la alcaldía de Rodas, el exconcejal Eddy Sánchez, acusado por lavado de activos en el ejercicio de sus funciones, era quien disponía en los mercados.

En lugar de tener un sistema eficiente, con el actual Código, hay ineficiencia, especialmente en Quito: durante las últimas tres administraciones municipales ha habido funcionarios investigados por corrupción. Asesores, concejales y un alcalde con grillete, allanamientos a sedes municipales (la del agua potable y el Metro de Quito), irregularidades en la adquisición de pruebas de detección de COVID-19, insólitos desvíos de fondos de las cuentas de la EPMAAP hacia Hong Kong y otros destinos, así como injerencia indebida de personajes del entorno personal de los alcaldes (hijos, esposas y compañeras sentimentales, entre otros).  

Con ese poder, no parecía fácil remover a un alcalde, pero pasó esta vez, con el voto de los concejales para retirar a Yunda, quien se aferra con artimañas legales ante el Tribunal Contencioso Electoral y buscará reparaciones en tribunales internacionales, aduciendo que su remoción fue por racismo, tesis que agrada a los afines al correísmo. Yunda, por cierto, fue nombrado por Correa como superintendente de telecomunicaciones en 2007 y desde ese puesto consolidó -con testaferros- su consorcio de radiodifusoras y canales de televisión, con la marca Canela.

Ese lastre llamado Yunda

Como señala la articulista Thalía Flores y Flores “hay que felicitar a Quito y a los concejales del Municipio del Distrito Metropolitano por haberse librado de Jorge Yunda quien, a pesar de haber sido elegido en las urnas, nunca mereció ser su alcalde”. 

No obstante, ese alivio de los ciudadanos puede no ser la solución, por cómo está actualmente la ciudad, con tantas dificultades resultantes de la inacción e indecisión de un alcalde que, muchos creían, sería un ejecutivo (por su experiencia empresarial) que tome las riendas de una ciudad llena de problemas, generados por la tipología y la realidad de cada una de las zonas: el sur, el centro, el norte y los valles, sin olvidar las invasiones y tomas de terrenos, como en las laderas y cerca de los lechos de los ríos. 

En muchas zonas de la ciudad, este tipo de problemas, causados por el exceso de lluvias, pone en riesgo la vida de las personas. En el centro hay casas, viviendas y edificaciones patrimoniales que, literalmente, se caen por causas naturales, sin que haya medidas de prevención de las autoridades municipales. Otro fenómeno preocupante es que, al parecer, hay funcionarios municipales que auspician la legalización y regularización de terrenos, en contubernio con traficantes de tierras.

Otro problema es la modificación, casi aleatoria, de la tipificación del uso de suelos en la ciudad, causando que, en zonas en donde no se permitía la construcción de edificaciones y viviendas, haya el temor de que grandes compañías, con permisos municipales, hagan obras de este tipo (como en Cumbayá) o que los propietarios chinos del Hotel Quito demuelan paredes para levantar bloques para vivienda en un sitio patrimonial.

Y sí. Quito se cae a pedazos. La ciudad, desde hace veinte años, refleja todo lo malo que se ha hecho en el país. Quito arrastra una falta de liderazgos, evidenciada al mirar a quienes se han desempeñado como alcaldes y concejales. 

Muchos sujetos no llegaron al cabildo por méritos, sino por su arrastre popular. Varios de ellos tampoco han nacido en la ciudad, sino que llegaron buscando oportunidades. Es patético el caso del concejal que cita al hombre araña para argumentar sus razones. Y si las autoridades no quieren a la ciudad, ¿qué se espera de los ciudadanos? 

No hace mucho tiempo, ser alcalde de Quito era honor y distinción. Manejar la ciudad era una plataforma para alcanzar la presidencia. Jijón y Caamaño, Chiriboga Villagómez, Durán Ballén, Rodrigo Paz y Jamil Mahuad fueron un ejemplo de buena gestión con credibilidad y opciones políticas que, en algunos casos, se cumplió, con distintos resultados en cada caso. Actualmente no existen líderes nacidos en Quito con proyección nacional.

Lo que hay es orfandad política. Quito ya no es el epicentro de la política nacional (aunque vale recordar el voto de rechazo de la ciudad y provincia contra los correístas, que se vio reflejado en la última elección presidencial). Se pierde, en la memoria más cercana, la idea de alcaldes que tomaban partido frente a los principales problemas de la ciudad y del país, mientras la ciudad seguía y apoyaba a sus autoridades. 

Quito tenía identidad. Respetando a quienes piensan diferente, las fiestas de fundación española y sus diferentes eventos -como la fiesta taurina-, aglutinaban a las personas, generaban turismo e ingresos y le daban a la ciudad un porte y un garbo que, de un solo tirón (en la amañada consulta popular de la metida de mano en la justicia de Correa de 2011) acabó con lo poco que quedaba de esta tradición.  

Basta solo visitar el Centro Histórico y otros lugares para constatar cómo se ha ido perdiendo ese sentimiento de pertenencia. Edificios vacíos y descuidados, paredes llenas de grafitis, obra pública paralizada o mal hecha, bacheo aleatorio de calles, negocios abandonados, edificios que no responden al ornato (la cuestionada plataforma gubernamental), gente que vaga sin rumbo y miles de venezolanos pidiendo limosna en las calles. Se puede argumentar que fue por la pandemia, pero el problema de la ciudad viene de antes. 

Fue desde cuando Correa cooptó la alcaldía a través de un personaje ineficiente e incompetente, Augusto Barrera (2009-2014), a quien le tomó casi cuatro años estudiar la situación de la ciudad y el resto de su período para hacer obras de relumbrón y al apuro, como el redondel del Condado y el paso a desnivel de San Carlos. Mientras tanto, el trole, el metrobus y la ecovía se caían a pedazos. Para salvarse, Barrera ofreció el sistema de transporte del metro (con muchas irregularidades de inicio) que, casi ocho años después -gracias a Yunda- no se sabe cuándo arrancará.

Los desastres del Socialismo del Siglo XXI hicieron mella en una ciudad que estaba orgullosa de su historia, pero que poco a poco vio mermada esa expectativa. En ese tiempo hasta se cambió la segunda estrofa del himno de la ciudad, intentando borrar de golpe de la memoria de esta “ciudad española en el Ande” su pasado ibérico, ocasionado por ciertos resentimientos sociales alimentados por cierta intelectualidad de izquierda y grupos de defensa de animales y otros extremismos (favorables o contrarios), que vieron en el correísmo la opción de implantar agenda y, de paso, enterrar a Quito.

En lugar de tener una alcaldía, con Barrera hubo una oficina municipal adscrita al palacio de Carondelet, donde se satisfacían algunos caprichos de Rafael Correa, que convirtió a Quito en una circunstancia de su presidencia, cuando encerraba y atrincheraba el centro histórico con vallas, impidiendo que sea parte de la cotidianidad de la gente. 

Los bancos de la Plaza de la Independencia se vaciaron de jubilados y no deambulaban los charlatanes que ofrecían la cura milagrosa a todo mal. Eso sí, con un sánduche y una cola mediante, se abría la plaza a los partidarios pagados del autócrata para “eventos de apoyo”, que dejaban ese sitio emblemático lleno de porquería.

Y llegó Mauricio Rodas…

Barrera quiso reelegirse, pero su peor enemigo fue, paradójicamente, Correa, quien estimuló a muchos votantes a votar por Rodas (6 de cada 10 quiteños) en las elecciones de 2014. Fue la primera respuesta de Quito al correísmo. Parecía que esa legitimidad ayudaría al popularmente conocido como “canguil”, porque Mauricio Rodas fue elegido para reemplazar a Barrera, cuya actuación fue mal evaluada. Al finalizar su gestión, siete de cada diez quiteños calificaron la gestión de Rodas como “mala” o “muy mala”. 

El rostro fresco de las presidenciales del 2013 se convirtió en otro alcalde deambulando entre sinuosidades políticas e intentando pactar con el correísmo, cuando su movimiento Suma apoyó a Guillermo Lasso. Para Rodas era cuestión de supervivencia. Poco a poco, se rompió su coalición municipal. Al final, solo lo apoyaban 6 de 21 concejales, mientras otros 9 eran del correísmo y 6 independientes. Jaime Durán Barba, quien asesoró al entonces alcalde en su campaña electoral, sorprendió al decir que Rodas le había dicho que “no conocía la ciudad”. Y tenía razón… 

Rodas cometió muchos desaciertos: quiso imponer en la zona del Condado un teleférico llamado Quito Cables, la solución vial Guayasamín (opaca negociación que llenaba de autos el tramo Tumbaco-Quito) y se empecinó con el metro (una herencia de Barrera que, entonces, ya estaba salpicada por el escándalo de Odebrecht), sin olvidar las tarifas del transporte, la negociación con los taxistas, el tránsito, obras al apuro, baches y frecuentes cortes de agua en muchas zonas de la ciudad. Sí, las lluvias fueron “las peores en muchos años”, pero muchos quiteños calificaron a Rodas como “el peor alcalde en muchos años”.

Otros problemas de Rodas fueron la prisión de su operador político, Mauro Terán y la indagación a su excandidato a asambleísta, Jacobo Sanmiguel (ambos por corrupción). Buscó hacer del metro su caballo de reelección, ofreciendo sus asambleístas al régimen para evitar que se fiscalice sus contratos, pero al final no se candidatizó, porque los números no le favorecían. Rodas, por acercarse a Correa, enterró su futuro político. 

De un Barrera haciendo trabajos en su último año de gestión, tras casi cuatro años en los que parecía empleado gubernamental tramitando desembolsos ante su jefe supremo -Correa- en un modelo de centralismo estatal que minó la gestión de la ciudad, a un Rodas convertido en jefe de obras, explicando lo que hacía, pero descoordinadamente, porque cuando ofrecía una solución (guagua centros, espacios verdes o parques), se anulaba por la falta de agua potable en otros barrios, más cortes de luz o servicio ineficiente de recolección de basura. 

Tras diez años de gobiernos municipales deficitarios, el compromiso de los votantes quiteños, en 2019, era acertar en escoger al alcalde. Las encuestas revelaban preocupaciones que siguen: recolección y depósito de basura, tránsito, corrupción, movilidad, pavimentación, concejales dueños de feudos, inseguridad, taxismo y transporte público, que reflejaban la inexistencia de un modelo de gestión, planificación y visión de largo plazo. 

La ciudad longitudinal seguía creciendo, desordenada y anárquicamente, en los extremos norte y sur, hacia los valles y con las invasiones, generando aprietos para la movilización urbana. A esto se añadía el desempleo, la informalidad y la imparable migración venezolana, como evidencias de la inexistencia de políticas claras. Pero Quito volvió a escoger mal al nuevo burgomaestre, entre tantos aspirantes, porque muchos de ellos usaron sus candidaturas como pretexto para hacerse conocer, antes que pensar en un proyecto de ciudad.

Cuando se creía que Barrera había sido lo peor para la ciudad, llegaron Rodas y Yunda. Estas tres administraciones han bastado para acabar con Quito. Desde una alcaldía afín al Socialismo del Siglo XXI de Barrera (que destrozó la identidad quiteña), una alcaldía sin liderazgo de Rodas (timorato frente al poder correísta, atrincherado en ambigüedades y defendiéndose de acusaciones de la maquinaria de Correa), Quito tocó fondo con Yunda, porque el suelo no era lo más bajo a lo que se podía caer…

Desde el ecuavóley, la radio chichera y Zahiro, llegó el “loromero” Yunda

Fue increíble la falta de alianzas entre varios postulantes a la alcaldía (17 candidatos) en las elecciones seccionales de 2019. Muchos de ellos, probablemente, hubiesen ejecutado una mejor gestión, pero se quitaron votos, dejando al “tapado” Yunda con el cargo en las manos, sin olvidar que el correísmo rozó la posibilidad, lo que también habría sido nefasto, como lo ha sido con Yunda. 

Con poco más del 20% de votos, Jorge Yunda captó la alcaldía tras renunciar a la asamblea (donde, en plena crisis correísmo-morenismo, dijo que no sabía “si quedarse con el padre o la madre”). Su gestión ha sido, precisamente, huérfana de quienes lo auspiciaron, aunque con apoyo velado (los correístas), hasta que se hicieron inocultables sus actos de corrupción, su indelicadeza en el manejo de fondos públicos y una sospechosa desaparición -la suya- cuando Quito estuvo sitiada en el levantamiento indígena de octubre de 2019, permitiendo la destrucción del Centro Histórico y edificios como el de la Contraloría.

Desde entonces, Quito está abandonada. Aunque la alcaldía de Yunda puede ser catalogada como la peor de Quito en toda su historia, no hay que olvidarse que sus antecesores inmediatos tampoco fueron los líderes que la ciudad requería. Quito se ha convertido en el eje de muchas ambiciones políticas reñidas con su propio bienestar. No están lejos las elecciones seccionales de 2023 y surgen los mismos personajes, creyendo que son “enviados por la providencia para salvar a la ciudad”. Es probable que quieran salvarse ellos. Por eso, Quito no se merece los políticos que tiene. 

¿Realmente Yunda está caído?

Yunda decía que no sabía lo que hacían las personas de su entorno, tampoco lo que hacía su hijo, “Sebas, el reguetonero”. No conoció que las pruebas adquiridas por su administración para detectar el COVID-19, eran “chimbas”. Tampoco supo por qué se desviaban fondos desde la empresa del agua a cuentas en Hong Kong. Además, desconoce los negociados entre la alcaldía y sus amigos del ecuavóley (los de Geinco). 

Para él todo es consecuencia del racismo porque nadie esperaba que un “rulimán” (como él se autocalifica) gane la alcaldía. Pero, es complicado creer que una persona como Yunda, manejando una estructura como el municipio, desconozca lo que sus allegados hacían. Por muchos meses, tras las primeras denuncias de su gestión, quiso cansar a los concejales y aburrirles en las sesiones. Cuando no se hacía lo que él quería, abandonaba las reuniones. Ahora recurre a leguleyadas para justificar su actuación. 

Foto: Estuardo Vera – API

Por fin, al menos por una vez, los ediles entendieron que no podían apoyar una postura impresentable como la de Yunda y votaron por su remoción. Su alcaldía debe parecerse a sus medios de comunicación. Nada se hace sin su venia ni su permiso. La historia de su caída se parece a los chistes agrios que suenan en sus emisoras de radio, por el mal gusto con el que se agarra de su cargo. 

Amenaza a quienes posibilitaron, con sus argumentos (el Frente de Profesionales por la Dignidad de Quito), su remoción. Pero logró, quien sabe cómo, que su primer denunciante abandone su acusación. Ese es Yunda: propietario de un emporio familiar poderoso, donde sus parientes hacen y deshacen, como hizo su hijo (constatable en los chats del joven). Pero Yunda “ignoraba” eso y tampoco sabe dónde está su retoño… 

Una cosa es adoptar perritos y reportar en vivo la llegada de las vacunas, pero otra que su hijo se involucre en nombramientos de funcionarios y tenga como mánager al secretario de cultura del municipio. Yunda usa grillete desde febrero de 2021, cuando hubo las denuncias sobre la compra de las 100 000 pruebas PCR chimbas para detección del COVID-19. Ya está sorteado el tribunal para su juzgamiento por esta causa. Pero hay más: su alcaldía fue observada por incumplimientos en la repavimentación de la ciudad y por no presentar informes sobre la ejecución presupuestaria del municipio. 

Yunda presentó otra imagen en campaña, para obtener “casi de rebote” la alcaldía. Pero él es otra obra de Rafael Correa -como fue Augusto Barrera- para destruir Quito. El temeroso régimen de Moreno no le aplicó leyes y reglamentos en sus frecuencias de radio y televisión, como sí hizo con otros concesionarios. 

A 199 años de la Batalla de Pichincha, Quito libra otra batalla por la libertad. Y no es la libertad que, pomposamente, el alcalde -aún en funciones- promociona en costosas campañas de medios de comunicación y vallas. Desde 1945, cuando fue elegido Jacinto Jijón y Caamaño como primer administrador de la ciudad, 23 alcaldes anteriores completaron su mandato. Por eso, la remoción de Yunda es un hecho histórico.

Quito sigue en manos de políticos embaucadores (como Guayaquil de tiempos de los Bucaram). Yunda es el resultado de la miseria en que ellos convirtieron a la capital de los ecuatorianos, otrora Luz de América. No se sabe cuánto tomará recuperar el tiempo perdido y el dinero robado. Quienquiera que sea alcalde, desde ahora, debe resolver problemas aún latentes y que no hubo intención de solucionar en las administraciones precedentes. Quito se merece mejor suerte.


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